Poniente sur

Piano

lunes, noviembre 17, 2008

claridad insostenible canta
en las espaldas de una fusa
claro que envía el amor
el solo amor y hace su nido
de un puro sonido a este piano
casa para una dicha
que es tu mano entonada con mi mano
el corazón al compás del corazón
canción en el acorde de ambas notas
entre dos labios
jamás hay el mismo silencio
la misma fuga

El sol me vino entre tus muslos

viernes, octubre 31, 2008

el sol me vino entre tus muslos
nada pude mirar hasta tu sol
a su luz la piel el lirio el alma
todo tuvo su mucha luz
amanecer de la sangre clara
mañana alumbrará dará su luz
dará su amor a la luz del mundo
mundo que ahora miré alumbrado de tu sol
pupilo de tu lección de amor y luz
semilla que crecí a tu luz
y aquí dejé mi vida para que la inflames
para que no me falte tu sol
y válgame tu sol en todo cielo
lo tanto que quedé ahora de tu sol
atentamente

Veracruz o Las buenas compañías

jueves, octubre 23, 2008

Nos despertó el mar o el despertador. Yo estaba muy dormido como para enterarme de esas minucias. Vinimos a Veracruz porque nos dijeron que aquí vivía nuestro padre el mar, pero teníamos también una cita con la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU), festín perpetrado por la Universidad Veracruzana (UV) en la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información (USBI). Estos dos expedicionarios lo ignoraban pero la dichosa cita les depararía además un feliz encuentro con seres nuevos y sonrientes. Otros importantes pormenores ignoraban, por ejemplo, que había reservación de hotel para sus discretísimas personas y que los sagrados alimentos (alabada sea la gorra) también corrían por cuenta de la UV.

Los planes, para bien, se nos descalabraron. Cuando el compromiso terminó (hubo comida en restaurante fino y con vista al mar) corrimos bajo el auspicio del poeta texcocano (se sigue llamando Netzahualcóyotl, pero ahora vive en la ciudad de México, escribe cuentos que ganan concursos, paga los taxis y tampoco se entera de reservaciones hechas a su nombre) en pos de nuestros equipajes mínimos a nuestros respectivos alojamientos. Del hotel de las reservaciones sólo diré que tenía piscina, desayuno bufé y puertas que se abrían con tarjetitas (pero no a través de ese método que alguna vez hemos intentado a falta de llave); en la habitación había dos camas de generoso tamaño, un sillón con cara de diván, dos tacitas, una cafetera y una bolsita de café; en el baño, dos botellitas de agua y sendos rollos de papel higiénico adornados con curiosos artilugios de la papiroflexia (Guevara me ha confesado que para él fue doloroso tener que deshacerlos, sobre todo porque tan impuro fin no justificaba aquel destrozo).

Era temprano en Veracruz, nosotros éramos jóvenes, la USBI estaba cerca del hotel y ahí estaba la FILU. Hacia ella FILUimos. Ahí pudimos ver, no sin sorpresa y alegría, los sanísimos frutos del programa editorial de la UV, entre los cuales nuestra avidez fue escogiendo los que se le iban antojando. Éramos muy felices hasta que advertimos que no nos alcanzaba para tanto antojo. A pesar de los pesares (el mucho pesar de la mochila y el poco pesar de los bolsillos), la cosecha ha sido buena. Baste decir que, de regreso en el hotel, mi dos veces heroica mochila ya lo era tres veces. Me atormenta, no obstante, el recuerdo de cierto título de Henry James y una novela de Gogol (USBI sunt?).

Bajamos a cenar. Compartimos la mesa con el poeta texcocano, la mujer Maravilla y Eduardo Tercero. Compartimos también dos entradas de carnes frías para abrir apetito y luego pidió cada quien un pequeño refrigerio: pasta con mariscos, salmón ahumado, enchiladas suizas (¿las conocerán en Suiza?), camarones enchipotlados y un platillo hay que no quiso ser recuerdo. A falta de juglares, Felipe nos alegró con el cuento de sus amorosas penas. Bajó Pablo El Tesista, dos veces acompañado por dos muchachas bonitas. En algún punto de la noche, bajó Samia que sabe latín y sabe bailar; en otro, bajó Luis El Extraño de las cartas. Una vez juntos, salimos a la noche y emprendimos un éxodo para el que ojalá me alcance la memoria.

Veracruz o El mar omnipresente

domingo, octubre 05, 2008

Yo no sé. Yo averigüé el precio del boleto, me aprendí algunas calles del mapita y los nombres de los hoteles. ¿Y vas solo? Pusí. ¡Y madres! Ibas solo. Voluntario súmase a la expedición a las dos de la mañana. Guevara (conocido rufián a quien las muchachas llaman El Hermoso y los muchachos El Hombre de Atole) no será solvente pero es de maletas tomar. Presupuesto endeble, oh calamidad. Yo no sé qué estrellas movió ni qué amores tuvo que prometer, pero a las tres (a la una, a las dos y a las ¡tres!) ya había conseguido la promesa de un préstamo diferido. ¿Seguro que te depositan mañana? Y si no, me quedo a lavar pescado hasta juntar para el pasaje o para casarme con una jarocha, lo que me salga menos caro.

La hora del alba sería cuando, tres panes y un yogurt en mano, nos trepamos al camión. Guevara, vamos a comer una vez al día, pernoctaremos en un hotel cuyo nombre estará escrito con luces de neón, caminaremos hasta que nos salgan ampollas en los mismísimos zapatos; todo sea por el mar. Ocho horas fueron para Guevara como cortarle a la eternidad un gajito; para mí, tres milímetros menos de grupa bisiesta (entiéndase nalga). Descendimos del camión (es decir que ascendimos al Misterio). En una esquina incierta preguntamos por el mar. Una muchacha, no sin jarocha vehemencia, nos señaló el oriente. Caminamos. Se nos atravesó el profetizado hotel pero sin luces de neón (presupuesto endeble).

¿Y el mar? Ya sin el terrible estigma del turista (la mochila), volvimos al buen camino hacia el oriente. Algo en ese parquecito que surcamos ya era mar; algo que era mar había ganado ya las calles; algo olía a mar en el aire altísimo y no era todavía el mar; algo latía al fondo, más allá de las palmeras y los coches, en espera quizás, ojalá, de nuestra diminuta presencia: era el mar.

Aquí me detengo (es decir que ahí nos detuvimos). Aquí la historia se confunde con la sal y con el viento intenso. Sé que brotaron del horizonte gaviotas y pájaros prehistóricos. Sé que, de algún terrestre modo, naufragamos. Sé que el mar le escupió a la cara a Guevara y le partió la cristalina madre a sus lentes (Eso te pasa, le dije, por andar pensando mientras compareces ante el mar; ¿que estás enfermo de los ojos?). Sé que caminamos al lado de esa indefinible orilla hasta que, de un momento a otro, de un paso a otro, la ciudad nos encontró en sus calles. En el malecón Guevara compró un barquito, comimos un volován de jaiba y este mareado espectador persiguió sus anteojos, que le había arrebato el viento. En un parquecito blandimos sendos tenedores y devoramos los atunes que Guevara había sustraído hábilmente de la alacena familiar.

El mar, o algo que también era mar, nos condujo hasta una tarima sobre la que se tocaban, se cantaban y se bailaban músicas jarochas. Lo que yo hubiera querido era enamorarme hallada y perdidamente de una de esas hermosas jarochas danzantes, instalarme en el puerto en espera de una mirada y luego debajo de su ventana en espera del sí (porque la mirada y la voz son al fin olas del mismo mar). Yo hubiera querido, pero justo es que un jarocho noble y gentil sepa merecer esa sonrisa.

Volvimos al mar. En alguna calle irreal (ella no la ha visto) comimos ciertos inéditos tacos y discutimos las bondades de la tortilla doble (discusión estrecha y oscuramente relacionada con el tema del lado correcto de la tortilla). Volvimos al mar (quiero decir, al hotel). Por fresca fortuna, la habitación tenía mar (quiero decir, ventilador). Sé que ya era sábado cuando caímos vencidos por el mar (o por el sueño).

¿Ya les conté del mar?

Mulier hominis lupus

viernes, septiembre 26, 2008

me comiste este pulmón
y hasta la glándula pineal
inmolado de tu fiebre

yo que te desnudé
y te dispuse un pedernal
desde la sangre
he sido devorado

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Poniente sur, apuntes personalísimos a manera de bitácora o íntimo diario o váyase a saber, es obra intelectual (las más veces no tanto) de Javier Pulido Luna. No se prohíbe ni se recomienda su reproducción total o parcial y ay de aquel que se atreva.