Yo no sé. Yo averigüé el precio del boleto, me aprendí algunas calles del mapita y los nombres de los hoteles. ¿Y vas solo? Pusí. ¡Y madres! Ibas solo. Voluntario súmase a la expedición a las dos de la mañana. Guevara (conocido rufián a quien las muchachas llaman El Hermoso y los muchachos El Hombre de Atole) no será solvente pero es de maletas tomar. Presupuesto endeble, oh calamidad. Yo no sé qué estrellas movió ni qué amores tuvo que prometer, pero a las tres (a la una, a las dos y a las ¡tres!) ya había conseguido la promesa de un préstamo diferido. ¿Seguro que te depositan mañana? Y si no, me quedo a lavar pescado hasta juntar para el pasaje o para casarme con una jarocha, lo que me salga menos caro.
La hora del alba sería cuando, tres panes y un yogurt en mano, nos trepamos al camión. Guevara, vamos a comer una vez al día, pernoctaremos en un hotel cuyo nombre estará escrito con luces de neón, caminaremos hasta que nos salgan ampollas en los mismísimos zapatos; todo sea por el mar. Ocho horas fueron para Guevara como cortarle a la eternidad un gajito; para mí, tres milímetros menos de grupa bisiesta (entiéndase nalga). Descendimos del camión (es decir que ascendimos al Misterio). En una esquina incierta preguntamos por el mar. Una muchacha, no sin jarocha vehemencia, nos señaló el oriente. Caminamos. Se nos atravesó el profetizado hotel pero sin luces de neón (presupuesto endeble).
¿Y el mar? Ya sin el terrible estigma del turista (la mochila), volvimos al buen camino hacia el oriente. Algo en ese parquecito que surcamos ya era mar; algo que era mar había ganado ya las calles; algo olía a mar en el aire altísimo y no era todavía el mar; algo latía al fondo, más allá de las palmeras y los coches, en espera quizás, ojalá, de nuestra diminuta presencia: era el mar.
Aquí me detengo (es decir que ahí nos detuvimos). Aquí la historia se confunde con la sal y con el viento intenso. Sé que brotaron del horizonte gaviotas y pájaros prehistóricos. Sé que, de algún terrestre modo, naufragamos. Sé que el mar le escupió a la cara a Guevara y le partió la cristalina madre a sus lentes (Eso te pasa, le dije, por andar pensando mientras compareces ante el mar; ¿que estás enfermo de los ojos?). Sé que caminamos al lado de esa indefinible orilla hasta que, de un momento a otro, de un paso a otro, la ciudad nos encontró en sus calles. En el malecón Guevara compró un barquito, comimos un volován de jaiba y este mareado espectador persiguió sus anteojos, que le había arrebato el viento. En un parquecito blandimos sendos tenedores y devoramos los atunes que Guevara había sustraído hábilmente de la alacena familiar.
El mar, o algo que también era mar, nos condujo hasta una tarima sobre la que se tocaban, se cantaban y se bailaban músicas jarochas. Lo que yo hubiera querido era enamorarme hallada y perdidamente de una de esas hermosas jarochas danzantes, instalarme en el puerto en espera de una mirada y luego debajo de su ventana en espera del sí (porque la mirada y la voz son al fin olas del mismo mar). Yo hubiera querido, pero justo es que un jarocho noble y gentil sepa merecer esa sonrisa.
Volvimos al mar. En alguna calle irreal (ella no la ha visto) comimos ciertos inéditos tacos y discutimos las bondades de la tortilla doble (discusión estrecha y oscuramente relacionada con el tema del lado correcto de la tortilla). Volvimos al mar (quiero decir, al hotel). Por fresca fortuna, la habitación tenía mar (quiero decir, ventilador). Sé que ya era sábado cuando caímos vencidos por el mar (o por el sueño).
¿Ya les conté del mar?