Décimo cuarto telegrama abierto
Ustedes están para saber que hubo una vez un primer emperador de México. ¿Y quién era ese señor? No era, para desgracia nuestra, el grillito cantor. Su nombre y su retrato están en los álbumes de biografías (¿te acuerdas, Jorge?) y en algún libro de texto o de sexto de primaria. Ustedes están para saber que México hacia mil ochocientos veintitantos era tan independiente y tan pobre que tuvieron que pedir prestada una corona para investir de plenos y prestados poderes al señor emperador. Ahí se armó el desmadre, porque aunque pobre, muy pobre, nuestra recién libertada nación (quiero decir imperio) no iba a permitirse la indecencia de tener un gobernante mal pagado, así que, ya de paso, pidieron prestada una cantidad secreta que alcanzara para sufragar efectivamente los servicios prestados (creo que con intereses) por el emperador y los gastos de las siempre pertinentes celebraciones. La deuda persiste. Los intereses del emperador siguen siendo cobrados por los altos funcionarios (aunque muchos no funcionen y sean más bien chaparros). De la deuda externa y la corona (que se hizo perdidiza en un viaje trasatlántico) no sé dar noticia franca. ¿Se nota que no soy historiador?
