Décimo primer telegrama abierto
A don Rubén lo vimos la primera vez en la Biblioteca Central, hará dos años. Habló sincero y fácil; mandó a un muchacho a leer a Julio César en latín; y a los ávidos de tiernas compañías, a los que no sabemos bailar, nos alcanzó las armas contra la desolación. Lo volvimos a ver en noviembre, cuando le cantamos Las mañanitas en el Aula Magna. Y al año siguiente (hace cinco meses) lo vimos otra vez, en el Munal, donde la concurrencia fue tan voraz a la hora del ambigú que los meseros temieron la asfixia o la pérdida de algún dedo en el difícil trance de salir a repartir los bocadillos. Recién el miércoles, ya sin refrigerios ni homenajes de por medio, el Maestro Rubén Bonifaz Nuño nos recibió en su oficina. Nos habló sincero y fácil, como cuates, porque no llevábamos intenciones de solemnidad ni cuestionario. Nos contó de Aguascalientes y de la Ilíada, y Luis dijo Vallejo y dijo versos de don Rubén que don Rubén no recordaba, y Felipe dijo íntimos dones recibidos bajo el auspicio de la poesía, y yo, que dije muy poco, dije José Alfredo y Albur de amor. Cuando estábamos a punto de cometer la prudencia de retirarnos, don Rubén cortésmente Ahora sí los voy a tener que correr, muchachos. Apuramos el segundo vasito de agua. El Maestro nos tendió la mano desde su lugar (la oficina, el libro, el verso…) y en nuestras manos iba el asombro, una discreta alegría, y Gracias, don Rubén.

Hay que estar agradecido a las personas que fueron puntos de inflexion en nuestra vida.
Juegos — 2.6.2009 — 15:15