No quiero ver a Mar
I
No quiero ver a Mar. Ya la miré lo suficiente y de más y otra vez y la mañana del diez de octubre, que había frío y café en la mesa y galletitas que olían a lo que olía su cabello, y la miré en la segunda fila y tenía sueño y cruzó por primera vez en mi vida las piernas, y luego ávida y precisamente lo contrario, y yo la miraba a tientas, con ojos cerrados y a oscuras, y ella estaba en otra parte pero conmigo, como si ahí viviera, en un continuo cenit venéreo, como si ahí me esperara.
No quiero ver a Mar y voy a verla, al rato o mañana y no quiero, desde ayer que lo supe no quiero. Espero la llamada que confirmará el lugar, la hora, el día, y entonces tendré que ir. Ya pensé que podría descolgar el teléfono y decir que no lo pagué; podría desamarrar al perro para que se vaya a buscar a la perrita de al lado, y entonces yo podría no estar aquí, esperando a que suene el teléfono, porque tendría que estar en la casa de la perrita de al lado convenciendo al perro de que se porte bien, pero sin hablarle de moral. Podría traer la jaula de los periquitos australianos para que canten en la sala y, como por descuido, abrir la diminuta puerta del encierro y que se escapen todos por la ventana abierta, y entonces le diría a Mar que ya no tenemos nada qué hacer juntos, que no hay periquito alguno que nos una; pero no podría, no soportaría ver llorar a Mar, aunque no llorara por mí sino por sus periquitos y también, paradoja o ironía, por culpa de ese gato viejo que le encargó su madre. Cuídalo bien Mar, cuando vuelva de Argentina quiero verlo feliz. Lo que no sabía Mar era que el gato no iba a ser feliz si no se comía a sus periquitos y que yo iba a tener que cuidarlos. Qué fastidio, de por sí nunca me han gustado los gatos y menos este gato viejo que Mar tiene en su casa y que mira como si uno fuera un periquito australiano. He concluido que no me tolera y que poco importa porque yo tampoco lo tolero, nunca iba lograr tolerarlo. Más de una vez, de las veces cuando Mar me visitaba en compañía del gato, estuve presto a desamarrar al perro que se va a buscar a la perrita de la casa de al lado para que intentara morderlo; pero no pude, aun ahora no podría, no iba a soportar ver llorar a Mar, aunque no llorara por mí ni por sus periquitos ni por el gato, sino por su madre, porque su madre sí que lloraría por el gato y entonces Mar lloraría por su madre, porque la quiere y no a mí. Qué fastidio, de por sí nunca me han gustado los gatos.
II
La miré de reojo, con ambos ojos, con el derecho oculto detrás de su mano, con ojos de sueño y sin sueño, con ojos de furia, con los ojos entreabiertos, con los ojos del gato que la ve hacia arriba, con ojos de periquito en abandono, con ojos entrecerrados, con los que atraviesan las sábanas, con los que emprenden el ascenso a sus ojos, los que destilan la melancolía a ratos y a gotas, con ojos furtivos que aprovechan los puntos al final del párrafo para mirar a Mar, con ojos de hambre y de antojo, los que revisan que el seguro de la ventana esté bien puesto, con el tercer ojo, con sus ojos hacia adentro, de frente, por todos sus frentes que son su frente absoluto.
No quiero ver a Mar y ya la he visto. Abierta la puerta de la jaula y la ventana. No quiero ver a Mar y ya estoy viendo los periquitos volar hacia la calle, el gato detrás de los periquitos, a Mar volar detrás del gato.
Cuento a cuatro manos
Felipe Guevara Cruz (véase final gramaticalmente alternativo)
Javier Pulido Luna

Ya sabéis tu amigo Felipe y tú que no son incompatibles los perros, los gatos y los periquitos … a condición de que no abráis la jaula y no retéis al gato y no soltéis al perro y … sigáis viendo a Mar.
Saludos.
Dinosaurio — 30.1.2008 — 9:34