La memoria
Por las más de tres horas que me demoré en resolver un examen de Literatura Medieval, en las que hubo conciencias doloridas y dulces varios que dispuso la generosidad de la Dra. Miaja. Por el Eje Central, que uno atraviesa en trolebús. Por la voz de Jorge Miguel Cocom Pech, que se impuso ante el crimen histórico que Mel Gibson consumó con Apocalypto, y que luego nos contó de su abuelo Gregorio y nos habló de los pájaros en maya. Por el Metro, y la tarde en que un hombre, a pesar de sí mismo, se quedó dormido, y cuando despertó (el vagón todavía estaba allí) supo que todos dormían. Por esta habitación, que pugna por ser mi hogar. Por la lluvia citadina y goterones y charcos, que me condujeron a un encuentro casual con Pedro Infante en un taxi. Por el fatalismo de Eduardo Casar y la generación del ¡bum! (onomatopeya que aludiría la irreparable explosión del Sol). Por el Parque de los venados y un viernes que no fui a clase. Porque, según elija, puedo reír o enfurecer mientras cuento la historia de esos dos sujetos en cuyo predicado se inscribió el verbo asaltar. Por la expedición que partió en busca de un sanitario y llegó a la Facultad de Medicina, y por el conejo con nombre de caricatura japonesa que creímos condenado a muerte, por el rescate que planeamos y por la guerra púnica que se entablaría entre aquella Facultad y la de Filosofía y Letras a causa del heroico arrebato. Por la profesora Tania Alarcón, que conoció nuestros nombres, y por la senda de los clásicos que ojalá no pocos sigan. Por la primera torta de tamal. Por el pájaro de la teoría literaria. Por el bosque mínimo, que es silencioso testigo en medio de una ciudad dentro de otra ciudad. Por el helado de fresa de un viernes y el descubrimiento de los centros comerciales como campos de concentración (Felipe, Leo: urge que me recuerden cómo llegamos a esta interesante propuesta); y por el enfrentamiento entre la nula dignidad de los bancos, que ostentan el dinero, y la indefensión de cierto cuentahabiente, que conserva la dignidad. Por los puntos de oída. Por lo hilarante que puede llegar a ser una rebanada de pan de caja (aunque he olvidado tal rebanada y lo hilarante que fue). Por el Tito de una oración en latín, que no es histórico.
Por todo lo que se resiste a la confesión o a mi memoria.
El olvido
Alcancé el suelo. Azotó la res cogitans y la res extensa. Esquina bajan y aquel fue el epicentro del sismo que me movió el existencial tapete. Vení vos me tiraron. Porque resulta que a ratos, en mi pueblo, o quizás en el pueblo de mi glándula pineal, la confianza suele ser más frágil que una espalda.
