Poniente sur

Una cruz para Simón

viernes, junio 15, 2007

Simón, carísimo Simón, Nuestra Señora Madre de Guadalupe te guarde.

Viendo he estado el modo en que mi apocada salud consumida va viéndose en el decurso de los días y me aflijo con pensamientos en lo que toca a la suerte de tu porvenir. De ahí he querido prever todo acontecimiento adverso a tu destino en esta carta y aún lamento no haber podido hacer más. Ruégote no temas, Simón, caro Simón, que si bien mi intención declarada no está hasta este punto, baste mi buena voluntad para tu confianza en éstas que se te pueden figurar como mis últimas voluntades, como me ha bastado a mí fiarme de la claridad de tu entendimiento y el favor de tu atención aun para aquel momento que finado esté yo.

Mi padre, hombre entendido en los números y en las letras, docto administrador de varias de las haciendas de un duque o de un conde de Aragón, me adiestró en las buenas maneras en que se pueden tutelar los bienes ajenos y los propios. De mi madre, cuyo territorio absoluto fue siempre el arte cisoria, he aprendido otra parte, pues la tarea del que pretende saber regir sus propiedades, cruza por las de saber proveer y suministrar, dos de las numerosas virtudes que mi madre cultivó y de las cuales sólo las dos nombradas me legó o he sido capaz de aprender.

Gracias a esta suerte, que seguramente Nuestra Señora Madre de Guadalupe deparó para mí antes siquiera que yo la conociese, pude hacer la fortuna que nos permitió comprar esta finca alejada de la ciudad y de su bullicio mundano. Aquí moriré en pocos días. Aquí, en este paradero al que hemos venido sin dar aviso a ninguna de las perniciosas amistades que, por condescender a aquellas sus miserables existencias, aún conservaba en México. Nadie pudiera asistir a mis exequias y aun saberme muerto, pues quiso otra suerte que mis padres fuesen primogénitos y que sus padres no engendrasen más cristianos que aquel que primero hubo nacido; como quiso que tus padres murieran a manos mías y con tu madre tu hermano nonato, y que te quedases así huérfano, culpa que Nuestra Señora Madre de Guadalupe me ha permitido sanar, así que mi corazón se hubo arrepentido. Tal ha sido mi sino, el de no tener otro hermano que tu, carísimo Simón, que también habrás de morir aquí, en donde nadie sabe nada nuestro.

Simón, carísimo Simón, Simón de Cirene. Hasta cuando hubiste venido a presentarte en mi vida y apareciste con lágrimas vivas entre los escombros de aquel tu hogar al que ya prendíamos en llamas, llevaste una vida y un nombre impuros y paganos, como la propia vida mía, y a mí me plugo abandonar la milicia para salvarme de condena eterna y a ti bautizarte con el nombre del que hubo ayudado a Nuestro Señor Jesucristo a cargar la cruz y que te criaras bajo mi cuidado. Sé que este nombre no has de llevarlo en vano y es por eso que a tu cargo dejo, no sólo esta finca y los bienes que en ella abundan, sino también mi única y verdadera voluntad última y definitiva.

Sé, porque Nuestra Señora Madre de Guadalupe así me lo ha querido declarar en sueños, que mi muerte acaecerá de modo imprevisto y sin que de ella se vislumbre señal alguna, por eso esta carta la guardaré en el cajón segundo de mi escritorio, el primero en que tu podrías buscar, pues es aquel en el que tú mismo has querido guardar los santos óleos que hurtamos de buena fe de la parroquia de San Nicolás, previendo nuestros descesos en esta casa sola, a la que nunca hubo entrado ni entrará ninguno de los hombres, pues sus corazones son impíos y soberbios, y ninguna de las mujeres, cuyos cuerpos lascivos incitaran al pecado. En el sobre lacado que habrás de hallar en seguida, he guardado mi testamento junto a tu fe de bautismo, que bastarán para hacerte dueño de todo cuanto en vida hube, que así lo he escrito.

Sé igualmente que, en cuanto la halles, tu curiosidad te incitará a leerla aun antes que ungirme, sacramento que ruego cumplas en paz sólo hasta que conozcas enteramente el contenido de esta mi epístola mortal. Suplícote que me vistas primero con las galas que suelo vestir los domingos al ir a la Santa Misa, y que encima de éstas me cubras con la casulla que una vez te perteneció, y que fue con la que oficiaste en la parroquia de San Nicolás, hasta el día que la habrías de abandonar para retirarte conmigo a esta finca.

Simón, carísimo Simón de Cirene, tendrás, a pesar tuyo, que dejarme a solas un momento. Cogerás algunos dineros, los suficientes para ir a la cervecería de Don Alfonso de Herrera y hacerte respetar entre las escanciadoras y los buscones. Habrás de fingir que bebes, y beberás ciertamente un poco, y luego saldrás a fingir el paso confundido e inseguro. Habrás de perderte al propósito, y en vez de ganar la calle, te adentrarás en las entrañas de la cervecería, donde hay una capilla que Don Alfonso, hombre piadoso, previó para expiar los cargos de conciencia que su empresa le habría de deparar. Que no te intimiden los capataces ni los celadores, que sus mentes sí estarán transtornadas por haber bebido y te reconocerán por el dinero que ostentaste ante las escanciadoras y te temerán antes que detenerte.

Entra en la capilla. Cumple con las oraciones a Nuestra Señora Madre de Guadalupe y dirígete luego al discreto altar que está a la diestra del sagrario. Sabrás que está ofrecido al Sagrado Corazón de Jesús. Ahí habrás de hallar, rodeado el nicho por un marco en que se representan las escenas de su Pasíon, a Nuestro Señor Jesucristo, escarnecido en la cruz. Acércate a él. Habrá de bastar uno de los bancos de la capilla para que alcances la gloria de su faz. El Cristo es un obsequio mío al hijo de Don Alfonso cuando su padre, que hube conocido ha mucho, cuando me pidió encarecidamente que le dejase embarcar con mis hombres para venir a tierras indias en viaje mercante, fue muerto. Reconocerás en él la mano del arzobispo Domingo de Jesús, tu mentor en el seminario de Santa Teresa, a quien hice tan precioso encargo a sabiendas del eximio oficio que su padre le enseñó. Y la corona de espinas, Simón, caro Simón, Simón de Cirene, fue hecha por Toribio Hernández, uno de los soldados a mi cargo que en España había trabajado como ebanista. La hizo con los huesos del brazo que tu padre me arrebató al punto cuando osó mi vileza ofender a tu madre, y que yo mismo descarné, aunque para Toribio aquellos huesos hayan sido de un grueso animal que yo hubiera matado durante la fiesta de San Huberto. Quítasela al Cristo y guárdala bajo tus ropas, y al salir finge de nuevo la embriaguez que jamás conociste sino por los ojos.

Simón, caro Simón, Simón de Cirene, esta es la cruz que sobre tu espalda india he dispuesto que cargues. Vuelve a la finca inmediatamente y coloca la corona en mi cabeza. Y déjame a solas para siempre, que sea mi cruz esta indigna insepultura, que sean en mí los estragos de la muerte sin el bendito amparo del camposanto.

Que Nuestra Señora Madre de Guadalupe te guarde.

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Poniente sur, apuntes personalísimos a manera de bitácora o íntimo diario o váyase a saber, es obra intelectual (las más veces no tanto) de Javier Pulido Luna. No se prohíbe ni se recomienda su reproducción total o parcial y ay de aquel que se atreva.