La enumeración de la memoria
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Jorge Luis Borges, Everness
He ahí una mujer que en las horas altas
confía la memoria a los cuadernos.
Finos los sentidos, limpio el recuerdo,
guarda este inventario entre la almohada.
He ahí los hijos del maíz, que al alba
de las eras nombraron cuatro vientos
y del Quiché las Cuatro Grandes Casas,
y fueron de los dioses el sustento.
Afanes diferentes los movieron
a dejar de su cosmos la constancia:
Shonagon celebraba la elegancia;
el Popol Vuh, la obra de los Abuelos.
Un fruto con el rostro de la infancia,
el amante que aplaza la partida,
huevos de pato, las hojas de malva,
un kimono perfumado, una cita.
Hunahpú, Ixbalanqué, Xibalbá, el juego
de pelota con brazos y cadera;
la Casa de los Tigres, la del Fuego;
el Corazón del Cielo, el de la Tierra.
(Versos de un mi amigo en torno al mismo tema, pero con mayor conocimiento del libresco asunto y eso se nota)
Si la mano, esgrimiendo el pincel…
Felipe Guevara Cruz
Si la mano, esgrimiendo el pincel,
de las artes salvó la memoria,
regalándonos trozos de historia,
de la luna, la faz y el doncel.
Y su blanca excelencia colmada,
de placer con los trozos y el trazo
que la dama plasmó en el ocaso
contrastante a la tinta anegada,
que dibuja la sombra del roble
bajo el canto del hototogisu,
o a la lluvia del pétalo doble
en la noche que acalla al uguisu,
concedió a la mujer pleitesías,
comentarios sonoros y honores,
rimas, versos, historias, colores,
risas, cartas, amor, alegrías.
La memoria también se ha guardado
en un libro de América añeja,
que por magno es profundo y sagrado
y por viejo el origen refleja
de las cosas: la vida, el pasado
y el presente, el derecho real,
el deseo de no ser gobernado
por la imagen del occidental:
lector simple del libro legado
por los hombres, tal vez de maíz,
de madera, o de cuerpo enlodado
y de vida y semblante feliz.
Debida vida a la divinidad,
al igual que la dama estamparon
su sabiduría en la posteridad.
