Facultad tomada o Chapultepec cuenta historias
He vuelto al hogar. Supongo que ahora tendría tiempo para contar que la mañana del 30 de octubre, la vespertina luz de mis ojos, la matutina razón de mi vago existir -la Facultad de Filosofía y Letras- fue tomada con el pleno consentimiento de unos cuantos. Supongo que cabría decir que a los ingratos insensibles que queríamos clase, a quienes se nos dijo que regresáramos el 12 de diciembre a exigir la reposición del día hábil que habríamos de perder; a nosotros, los que nos desvelamos por terminar la tarea y los que no nos desvelamos, pero que queríamos que la profesora Tania y la profesora Azucena nos increparan por ello; a nosotros, los que queríamos que la profesora Miaja nos dejara a la mano el Libro de Alexandre y el Libro de Apolonio; los que calculábamos que la profesora Maciel nos leería un ensayo de Montaigne; a nosotros, los que temíamos el quizás fatídico resultado del examen de Introducción a la lingüística; a nosotros se nos habría de comparar con quienes allá en Oaxaca jalaban los gatillos, cuando nuestro único pecado era el de converger en una de dos certezas: la certeza de que lo que pasaba en Oaxaca era una consecuencia lógica que no debía romper con la feliz inercia de los días o la certeza de que el cierre de una Facultad no solucionaría nada. La primera es digna de los tontos; la segunda, de los tibios, que alcanzamos a percibir dónde no está la solución, pero somos ampliamente incapaces de averiguar dónde sí.
Pues bien, podría ponerme a contar eso como podría contar que fui a Chapultepec; que ocurrió el día que Ingeniero se fue a Guadalajara y yo le acompañé en el duro trance aeroportuario; que, antes de partir, me preguntó qué me regresaba a hacer a mi cuarto y que, una vez en el Metro, yo me pregunté lo mismo y no obtuve respuesta; que resolví entonces conducirme por aquel laberinto de estaciones y vagones hasta el bosque, y comprarme un cafecito y un pan, y salir luego al encuentro con esta que ya va siendo mi ciudad; ascendí el cerro con el propósito de ver el Castillo desde afuera, pues el efectivo ya había sido invertido efectivamente en el cafecito y el pan, y me sabía que me iba a ser imposible pagar la tarifa de ingreso; un altavoz dijo de pronto que era domingo y que incluso los que no tuviésemos liquidez inmediata podríamos entrar, que iba por cuenta del Castillo. Entré. Allí vi las pinturas que alguna vez vi en mis libros de texto de primaria; me obligué a creer que la imagen de Sor Juana era la mejor conservada en mi memoria y también la más apreciada. Vi -la coyuntura nacional de aquel momento me hizo notarlo y me obligó al asombro- muchos ilustres oaxaqueños. Vi a Benito Juárez y a Porfirio Díaz, y a los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón y a José Vasconcelos. Los vi y pensé en las causas que motivaron la Independencia de aquella nuestra Nueva España y en la coyuntura política previa a la Revolución mexicana, y luego callé. Pude ver los vestigios de la opulencia administrativa del Imperio y me bastó para recordar que aborrezco la opulencia de la clase política del siglo XXI, que comienza a ser vestigio de un sistema institucional que ya dio de sí. En algún momento, el recorrido concluyó. Prometí al lago que volvería. Esta es la hora que no le cumplo. La culpa es de Saussure.
Otra vez silencio
Sí, otra vez para ti, para que el binomio de la ausencia y la distancia no convoque soledades, porque te ruego paciencia y para que sonrías.

Muy bueno, mira este sitio:
http://www.elrevolucionario.org/rev.php?seccion10
Te agradeceré que coloques un enlace…
Gracias
El Revolucionario — 19.1.2007 — 23:08
Yo soy de los que creo que uno nunca debe volver a los lugares en los que ha sido feliz…¿o a lo mejor sí?
Luis: A lo mejor sí. Son tantos y tan míos los lugares en que he sido feliz, que sería una pena no poder volver a ellos bajo protesta de recrear así la alegría. Sea esta razón suficiente para volver a estos lugares. Vale.
Luis Muiño — 27.1.2007 — 4:59