Que te sitie la alegría
Que te sitie la alegría, de tal manera que no se te entregue rendida cuando no la quieras, pero que no puedas eludirla y la halles por mérito propio y, sin embargo, puntualmente. Digo la alegría, no la felicidad que ha cobrado mala fama; no la felicidad que ambicionas y persigues y que alcanzas e, imediatamente, reproches y quejas, y dudas y exigencias y debates en torno a la duración pertinente. La alegría, en cambio, es profusa, implosiva, centrífuga, intensa, irrenunciable y no admite vacilaciones. Mortal quizás, como casi todas las cosas que valen la pena; sustancia inestable y exageradamente fugaz, a veces, pero con posibilidades infinitas de perpetuidad, de la recreación de los buenos hechos, de sincrónica biblioteca a la cual acudir en las temporadas en que no puede escribirse nada en ese que es el mejor ángulo de tu memoria.
