Fiestae
Estábamos en la Facultad de Filosofía y Letras. En la Facultad de Filosofía y Letras nunca pasa nada. La Sociedad, Comuna, Escuela, Generación o Círculo del Jardín de los calcetines, ubica aquí sus oficinas y comandancia general. Luis (y el sexo), miembro fundador (él apuntaría la connotación sexual de tan ambigua expresión pues es de los que defienden la consigna coito ergo sum), anda de cabello y manteles largos. Alondra (¿o era Lisandra?, ¿Casandra?), la teatrera y novísima novia, se aparece detrás de unos cuantos conjurados, pastel en manos. Habiéndonos visto tan ampliamente superados por el dulce gesto, aparecémonos al punto ante Luis (y el sexo) y, alegría en brazos, procedemos a abrazarlo. Repartición de pastel. Multiplicación de risas. Esta es sólo la primera parte de un festejo (que incluye, pero se limita) extendido hasta las instancias de las fiestas patrias.
Pozole en casa de Luis (y el sexo). Nos vemos en el esperadero del Metro Universidad al cuarto para las cinco. Sé que poco a poco se me irá quitando la mala costumbre de llegar a tiempo. La casa de Luis (y el sexo) es genial. Dentro, hay una familia: una madre que cocina un pozole delicioso (seria competencia para el de mi madre); un padre que ve cómo, peligrosamente, los Felipes (entre el amigo de su hijo el poeta, el de su hija la historiadora y el presidente electo) invaden su realidad inmediata; una hermana que conoce letras de Silvio que yo no me sé y me revela, además, el secreto de alguna canción; hermanos cuyos nombres ya no me son ajenos, y demás familia extensiva que no es menos genial. ¿Ya dije que el pozole está delicioso?
¡Vámonos a la casa de Nina! ¿Qué no queda muy p’al norte? Ausencia de madre. ¡Vámonos! Allí pernoctamos. Reímos. Jugamos protozoario, protopuerco o ashambú. Eran las vísperas del 16. Ocasión precisa para sentirse muy mexicano (no sólo mexicano: muy mexicano). Hay que cantar el himno y saludar las banderitas que amablemente han izado los vecinos. ¿Y si mejor compramos tequila? Lo compramos. ¿Quien estrena la preciosa botella? Yo no voy a tomar porque luego me mareo. Yo tampoco porque me estoy desparasitando. Yo paso, como que está amarguito, ¿no? La preciosa botella adorna preciosamente la mesa.
Entrada la madrugada, pensamos que era buena idea disponernos a dormir. Lo pensamos hasta que nos enteramos de que alguien iba a tener que dormir con Nina. Afortunadamente, mantuvimos la calma, nadie salió corriendo y así fue posible organizarnos. Felipe, el de la cabellera cumplida, y Meztli, la del telón en vilo, comparten cama como lo mandan las sacrosantas leyes del contrato prepreprenupcial; Nina, la de la sinceridad impúdica, y Daxel, la de la ciencia a conciencia, otra cama compartirán; Luis (y el sexo) y el narrador, seres muy afectos al verso y la rima y la sinalefa, también compartirán.
Nina cuenta cuento. Luego cuenta chisme que cimbra. Luego todos duermen. Se supo a la mañana siguiente que alguien o algunos roncaron o roncamos. Hubo desayuno y café y galletitas. Hubo que marcharnos.

Hola, tocayo. Una buena descripción de lo que hacéis (y no hacéis) los jóvenes, mientras que los padres nos imaginamos otras cosas. A pesar de eso, y de nosotros, la vida suele ser más sencilla.
Abrazos.
Dinosaurio: Lo que está por verse es eso que los padres pensáis de los hijos y sus costumbres tribales, que a mí me tiene intrigadísimo desde hace meses. ¡Salud!
Dinosaurio — 25.10.2006 — 11:21
Hola, no tocayo, se nota que disfrutaste el relajo. No eres tan malo en la narración, sólo te falta una novia ¡y listo!
Luis: Tenebrosa aseveración. Te la paso sólo por haber disfrutado juntos ambos seis el relajo. Vale.
Luis Flores Romero — 6.12.2006 — 15:58