Final feliz
Eran tan insoportables su pasión y su suspiro, que a ella le pesaba hablar con él y aún más tener que escucharle decir lo que la quería, o cómo, de qué insoportable manera, la quería. Exigíale exactamente nada. Ni siquiera piedad de reintegro, beso de consolación, abrazo de te quiero como ese hermano que ninguno de los dos tuvimos, te voy a querer en lo que Él o él o éL se digna a volver. No buscaba el equilibrio del deseo, ese generoso -y egoísta por igual- pero además bilateral y bipartito, ni deseaba las ataduras consentidas que se procuran en los casos así, la complacencia de tan solo saberlas, de estar seguros de lo absolutas que son, objetivarlas perennes aunque terminen ni siendo.
Pero ella no soportaba oírlo hablar de viajes al extranjero juntos, de flores de pétalos imprecisos para regalar sobre engañosos chocolates de febrero, de su firme intención de no martirizarla más con esa suma de sueños que ella aborrecía -y que él se daba cuenta que ella aborrecía-, pero sin saber que su sola intención manifiesta de no martirizarla, ya la hacía punto neurálgico de una situación que ella no previó, que no quiso propiciar y de la cual ahora, irónicamente, deseaba salir de manera decorosa, para que no pareciera mujer de mala fe, hermana de mala gana.
De un jueves a un viernes se hizo él tan sumamente indeseable, que ella dejó de frecuentarle en los suburbios y él a la postre de esperarla. Dos niños caminaron esa calle de la mano. Llovió a las siete. Y así hasta que ninguno de los dos existió más para el otro.
