Poniente sur

Décimo quinto telegrama abierto

jueves, junio 25, 2009

Los seguí porque ella era bonita, muy bonita. Cruzaron el Eje Central. A él se le ocurrió decir que sería una maravilla encontrarse casualmente en ese tan transitado cruce con una persona a la que no se ha visto en mucho tiempo. Luego se le ocurrió decir que hubiera sido una maravilla encontrarse con ella, casualmente y no, en el mismo cruce y en cualquier otro lugar, pero no lo dijo. Entraron en el patiecito que está detrás de la Torre Latinoamericana. A ella le gustaron las escaleras de madera del edificio de al lado; a él, el coche invadido por plantas y ella. Caminaron por Madero hacia el Zócalo; lo rodearon. Cuando los perdí de vista fue porque estaban detrás de la Catedral. Doblaron la esquina pero él, por ingrato, no quiso ir a Santo Domingo, y ella y yo nos quedamos con las ganas. Pasaron frente a mí cuando volvían. Los seguí por 5 de mayo. Hablaban de no sé qué caballos de mar y de tierra, o de la estatua del caballito tal vez, frente al Palacio de Minería, donde estuvieron mucho rato cantando canciones en otras lenguas. Volvimos a Bellas Artes. El domingo ya era noche.

Décimo cuarto telegrama abierto

domingo, mayo 31, 2009

Ustedes están para saber que hubo una vez un primer emperador de México. ¿Y quién era ese señor? No era, para desgracia nuestra, el grillito cantor. Su nombre y su retrato están en los álbumes de biografías (¿te acuerdas, Jorge?) y en algún libro de texto o de sexto de primaria. Ustedes están para saber que México hacia mil ochocientos veintitantos era tan independiente y tan pobre que tuvieron que pedir prestada una corona para investir de plenos y prestados poderes al señor emperador. Ahí se armó el desmadre, porque aunque pobre, muy pobre, nuestra recién libertada nación (quiero decir imperio) no iba a permitirse la indecencia de tener un gobernante mal pagado, así que, ya de paso, pidieron prestada una cantidad secreta que alcanzara para sufragar efectivamente los servicios prestados (creo que con intereses) por el emperador y los gastos de las siempre pertinentes celebraciones. La deuda persiste. Los intereses del emperador siguen siendo cobrados por los altos funcionarios (aunque muchos no funcionen y sean más bien chaparros). De la deuda externa y la corona (que se hizo perdidiza en un viaje trasatlántico) no sé dar noticia franca. ¿Se nota que no soy historiador?

Décimo tercer telegrama abierto

jueves, mayo 28, 2009

¿Michoacán o Michigan? ¿El derecho y el revés de la tortilla o la evolución del punto sobre la letra i o defensa de la quesadilla? ¿El día en que Funes conoce el Aleph o el amor en los tiempos de la influenza? ¿Ying o Yang? En 1918, cuando nuestra lejana parienta la gripe española recorrió el orbe, nació Juan José Arreola, en Zapotlán el Grande (estas verdades las refiere don Juan José en un doctor lugar de su volumen; las que se siguen nomás las sueño). La tía de un señor que todavía le vive en mi pueblo le confía a don Juan José, finas y verosímiles, sus conjeturas: la alerta epidemiológica fue declarada un 23 de abril con el propósito ruin de ocultar en una bruma de pánico sanitario la proximidad del día del niño, la suspensión de actividades fue extendida hasta el 11 de mayo para eludir impunemente los festivales del día de la madre, pero era preciso regresar a clases antes del 15, por razones que sólo podría explicar la bruja de un cuento sindical. Don Juan José sabe reírse y ha creído en esta y otras más cándidas hipótesis. Las epidemias, con el tiempo y un ganchito, vuelan; los genios permanecen.

Décimo segundo telegrama abierto

lunes, abril 27, 2009

Vulnerables somos y en la ciudad andamos. De algún modo (de muchos) la estuvimos regando plenamente estos últimos años. No por capricho divino hemos caído de la gracia de los dioses antes propicios a la insigne México-Tenochtitlan, sitiada a estas aciagas horas por una epidemia al mando de un virus mutante (cuánta razón tenía don Jaime). Por pura convicción conservo el buen humor y la esperanza (un miedo vino a buscarme y le dijeron que no estaba, que volviera luego, y áhi lo tienen friegue y friegue). No pecan de inocencia quienes han descifrado las variopintas teorías de conspiración posibles: pecan de ceguera voluntaria y parcial. Alcanzan a prever claramente la manera como las siempre mañosas autoridades pueden sacar provecho de tan delicado asunto, pero no han querido ver que la catástrofe, en efecto, está ahí, pendiendo de un hilo incierto, con potencial maldito. De veras que no tienen. Ojos. Entre virus, mañas y amarranavajas, en la ciudad andamos. Quetzalcóatl nos libre.

Décimo primer telegrama abierto

viernes, abril 24, 2009

A don Rubén lo vimos la primera vez en la Biblioteca Central, hará dos años. Habló sincero y fácil; mandó a un muchacho a leer a Julio César en latín; y a los ávidos de tiernas compañías, a los que no sabemos bailar, nos alcanzó las armas contra la desolación. Lo volvimos a ver en noviembre, cuando le cantamos Las mañanitas en el Aula Magna. Y al año siguiente (hace cinco meses) lo vimos otra vez, en el Munal, donde la concurrencia fue tan voraz a la hora del ambigú que los meseros temieron la asfixia o la pérdida de algún dedo en el difícil trance de salir a repartir los bocadillos. Recién el miércoles, ya sin refrigerios ni homenajes de por medio, el Maestro Rubén Bonifaz Nuño nos recibió en su oficina. Nos habló sincero y fácil, como cuates, porque no llevábamos intenciones de solemnidad ni cuestionario. Nos contó de Aguascalientes y de la Ilíada, y Luis dijo Vallejo y dijo versos de don Rubén que don Rubén no recordaba, y Felipe dijo íntimos dones recibidos bajo el auspicio de la poesía, y yo, que dije muy poco, dije José Alfredo y Albur de amor. Cuando estábamos a punto de cometer la prudencia de retirarnos, don Rubén cortésmente Ahora sí los voy a tener que correr, muchachos. Apuramos el segundo vasito de agua. El Maestro nos tendió la mano desde su lugar (la oficina, el libro, el verso…) y en nuestras manos iba el asombro, una discreta alegría, y Gracias, don Rubén.

«« P'atrás

Poniente sur, apuntes personalísimos a manera de bitácora o íntimo diario o váyase a saber, es obra intelectual (las más veces no tanto) de Javier Pulido Luna. No se prohíbe ni se recomienda su reproducción total o parcial y ay de aquel que se atreva.