Me gustaría poder decir que lo conocí en un tren, en 1946 o 1947 o 1949, mientras viajaba hacia Aguascalientes a recibir una de las tres Flores Naturales de los Juegos Florales de esa ciudad, certamen que llegaría a ser el premio de poesía más importante en el país. Me gustaría decir que lo conocí en ese tren antes de conocerlo en sus versos, mucho antes aun de conocerlo en sus traducciones, y que ya era entonces dueño de su estilo y su elegancia; que lo saludé y me saludó, que no conversamos demasiado porque parecía que en aquel tren todos querían acercarse al poeta. Me gustaría decir que lo conocí en París, la noche en que entró en una tienda de antigüedades y preguntó a la anticuaria el precio de una moneda romana; hubiera sido espléndido mirar, desde alguna esquina de aquella tienda parisina, a la anticuaria contestando que el precio de aquella moneda era demasiado alto para él y, cinco o seis minutos más tarde, a Bonifaz comprando la moneda más cara de la tienda.
Pero la verdad es que lo conocí primero en alguna página del Ómnibus de poesía mexicana, y algunos años más tarde en la Biblioteca Central. No supe que Bonifaz trabajaba ahí hasta la noche en que el hado nos deparó a lectores y curiosos el placer de escucharlo en una charla multitudinaria que terminó siendo, sin embargo, íntima. La cita fue, me parece, a las siete de la noche. A las seis y media los asientos dispuestos en la sala de consulta de la Biblioteca Central se habían agotado. Unos minutos después de las siete comenzaba la entrevista: “Maestro Bonifaz, la sala está llena, hay personas de pie, ¿esperaba usted tanta concurrencia?” Rubén Bonifaz Nuño es y se sabe, más allá del título, un maestro; le conmovía la idea de seguir siéndolo a pesar de llevar ya varios años lejos de las aulas. Habló luego de traducciones y de la soledad, y de la lenta progresión de la muerte. Dijo al menos tres poemas de memoria. Volví a verlo en ocasión de su cumpleaños, en noviembre. Volvió a emocionarlo la presencia de tantos extraños que, no obstante la distancia que media entre autor y lector, éramos sus alumnos.
Pero aún más cierto es que lo conocí en abril, en la Biblioteca Central, en su oficina. Tres lectores, tres alumnos suyos probamos suerte y solicitamos una entrevista con el maestro. En menos de una semana la cita estaba pactada; acaso también en menos de una semana estábamos cruzando la puerta detrás de la cual nos esperaba Bonifaz, silencioso y a punto de encender un cigarro. Le dijimos que no veníamos a hacerle una entrevista formal, que no habíamos premeditado las preguntas. Nos dijo que él era un hombre de preguntas, y que si no las teníamos nos iba a tener que pedir que nos retiráramos. Tratamos de explicarle nuestras informales razones y nos entendimos inmediatamente: “Entonces lo que ustedes quieren es platicar conmigo como cuates”. Nos habló de Aguascalientes, del frustrado (por fortuna) ejercicio de la abogacía, de Horacio y José Alfredo, de cómo el encanto de una hermosa mujer que sabe griego y latín puede convertir a un hombre en traductor (para decirlo claro, en uno de los traductores de lenguas grecolatinas más prolíficos y, de paso, en un lector lúcido, lo mismo de Homero y Virgilio como de Catulo) y nos habló además de los requisitos para optar por el oficio de escritor (“no, maestro, para escribir hay que perder el pudor”).
Quién lo hubiera visto en San Ángel Inn mientras esperaba la hora de salida de Lucía Méndez. Quién lo hubiera visto en la acera de enfrente, de pie, en silencio, quizá a punto de encender un cigarro. Me gustaría decir que lo vi ahí, inmóvil en la acera de enfrente, mientras veía salir a su Beatriz, sin la menor intención de cruzar la calle, para cumplir un ritual que se habrá repetido días y días, tal vez en obediencia a un designio que rezaría: las mujeres, un rato y de lejitos.
Alguien lo habrá visto de niño atravesar una calle, y habrá oído frenar un coche súbitamente. Yo no estuve ahí para atestiguar el atropellamiento del pequeño Bonifaz, ni para comprobar la intensidad del golpe, la gravedad del accidente. No estuve ahí para enterarme, pero a través de los años creo escuchar un testimonio de aquel momento: “El golpe que se dio fue bastante duro, ese niño o se queda idiota o se vuelve un genio”. Y le atinó.