Poniente sur

¿Vive México?

jueves, diciembre 30, 2010

Ya hablando en serio: son mamadas. Y me vale que la hipotética mayoría haya celebrado los centenarios entre tanta lucecita y con tanto ingrato júbilo, que sientan consumadísima su indipendencia, muy próspera su patria y muy íntegra su íntima mexicanidad. Perdónalos, Nezahualcóyotl. Sienten en lo muy hondo del pecho el orgullo de la raíz mexica (las minorías maya y tarahumara no cuentan, porque no contaban entonces y siguen sin contar), visitan en semana santa las ruinas venerables de alguna perdida edad de oro (cuyo trasfondo cultural es prescindible) y son felices tomando fotos (y coca cola) y comprando recuerditos. A ninguno se le ocurre que la multicultural nación prehispánica haya sobrevivido más allá de las piedritas, y no estarían de acuerdo en devolverle la potestad de la patria a la multitud de etnias que, por comodidad, suscriben bajo el nombre genérico de indígenas. Lejos están de indignarse porque el pueblo mixe o el otomí no tengan una presencia patente en el gobierno, o porque ni los mazahuas ni los wixáritari tengan al alcance de la mano (y del bolsillo) los productos y servicios (educación en su lengua materna, por ejemplo) que son privilegio de la acomodada clase media, o porque tanto a tarascos como a cochimíes y a tojolabales les sea vedado sistemáticamente el derecho a existir desde su cultura. Si lleva a cuestas el oprobio de todos esos pinches siglos de marginación, cómo fregados va a vivir México. Son mamadas.

Veleidades de un bicentenario

domingo, octubre 31, 2010

No sé por qué se ofenden. Era natural que papá gobierno en turno quisiera, con todo el amor de su dudoso corazón, hacerle su fiesta de doscientos años a su hijita la tan llevada y traída patria, para presentarla, como dios manda, en sociedad. Era natural, además, que sin decir agua va solicitaran a los padrinos ciudadanos su valiosa cooperación obligatoria en moneda nacional. Así se acostumbra en mi pueblo y seguro que en el tuyo también. Lo que me parece una necedad ingente (más grande que el muñecote bigotón) es que quisieran endosarle una canción a nuestra niña bicentenaria cuando ésta ya tiene en su haber una lista considerable de himnos. Hablo, por supuesto, del oficial, con su decasílabo heroico (aunque, según los eruditos de la métrica, sea anapéstico) que tantas voces ha reunido en mundiales de fútbol y homenajes a la bandera. Pero hablo también del "Huapango" de Moncayo, por hablar de música, y de "La suave patria", tan íntima, de López Velarde, por hablar de poesía. Hablo de "El Rey", de "El Son de la negra", de "Dios nunca muere" y del "Cielito lindo". Hablo también de los infinitos himnos que no conozco, pero que suenan puntualmente todos los domingos en las plazas y los parques, bajo el auspicio de marimbas, jaranas y tamboras. Ahora estoy imaginando un himno en el que se reúnen todas estas músicas tan diversas, tan sinceras y tan transparentes que a través de ellas podemos vernos y hablarnos y escucharnos, armonizarnos, cantar.

Sustitución en el minuto doscientos

Ahora que ya nos quedamos sin Pípila, hay que proponerle a la instancia correspondiente que el gol que el Chicharito anotó con la cara sea instituida como hazaña heroica de repercusión nacional en pro de la defensa de nuestra soberanía y del honor patrio. Si en cuarenta años todavía se enseña historia en las primarias, nuestros nietos sabrán guardar justa memoria del hecho y recrearlo con mayor placer.

Rubén Bonifaz Nuño a la distancia

martes, agosto 31, 2010

Me gustaría poder decir que lo conocí en un tren, en 1946 o 1947 o 1949, mientras viajaba hacia Aguascalientes a recibir una de las tres Flores Naturales de los Juegos Florales de esa ciudad, certamen que llegaría a ser el premio de poesía más importante en el país. Me gustaría decir que lo conocí en ese tren antes de conocerlo en sus versos, mucho antes aun de conocerlo en sus traducciones, y que ya era entonces dueño de su estilo y su elegancia; que lo saludé y me saludó, que no conversamos demasiado porque parecía que en aquel tren todos querían acercarse al poeta. Me gustaría decir que lo conocí en París, la noche en que entró en una tienda de antigüedades y preguntó a la anticuaria el precio de una moneda romana; hubiera sido espléndido mirar, desde alguna esquina de aquella tienda parisina, a la anticuaria contestando que el precio de aquella moneda era demasiado alto para él y, cinco o seis minutos más tarde, a Bonifaz comprando la moneda más cara de la tienda.

Pero la verdad es que lo conocí primero en alguna página del Ómnibus de poesía mexicana, y algunos años más tarde en la Biblioteca Central. No supe que Bonifaz trabajaba ahí hasta la noche en que el hado nos deparó a lectores y curiosos el placer de escucharlo en una charla multitudinaria que terminó siendo, sin embargo, íntima. La cita fue, me parece, a las siete de la noche. A las seis y media los asientos dispuestos en la sala de consulta de la Biblioteca Central se habían agotado. Unos minutos después de las siete comenzaba la entrevista: “Maestro Bonifaz, la sala está llena, hay personas de pie, ¿esperaba usted tanta concurrencia?” Rubén Bonifaz Nuño es y se sabe, más allá del título, un maestro; le conmovía la idea de seguir siéndolo a pesar de llevar ya varios años lejos de las aulas. Habló luego de traducciones y de la soledad, y de la lenta progresión de la muerte. Dijo al menos tres poemas de memoria. Volví a verlo en ocasión de su cumpleaños, en noviembre. Volvió a emocionarlo la presencia de tantos extraños que, no obstante la distancia que media entre autor y lector, éramos sus alumnos.

Pero aún más cierto es que lo conocí en abril, en la Biblioteca Central, en su oficina. Tres lectores, tres alumnos suyos probamos suerte y solicitamos una entrevista con el maestro. En menos de una semana la cita estaba pactada; acaso también en menos de una semana estábamos cruzando la puerta detrás de la cual nos esperaba Bonifaz, silencioso y a punto de encender un cigarro. Le dijimos que no veníamos a hacerle una entrevista formal, que no habíamos premeditado las preguntas. Nos dijo que él era un hombre de preguntas, y que si no las teníamos nos iba a tener que pedir que nos retiráramos. Tratamos de explicarle nuestras informales razones y nos entendimos inmediatamente: “Entonces lo que ustedes quieren es platicar conmigo como cuates”. Nos habló de Aguascalientes, del frustrado (por fortuna) ejercicio de la abogacía, de Horacio y José Alfredo, de cómo el encanto de una hermosa mujer que sabe griego y latín puede convertir a un hombre en traductor (para decirlo claro, en uno de los traductores de lenguas grecolatinas más prolíficos y, de paso, en un lector lúcido, lo mismo de Homero y Virgilio como de Catulo) y nos habló además de los requisitos para optar por el oficio de escritor (“no, maestro, para escribir hay que perder el pudor”).

Quién lo hubiera visto en San Ángel Inn mientras esperaba la hora de salida de Lucía Méndez. Quién lo hubiera visto en la acera de enfrente, de pie, en silencio, quizá a punto de encender un cigarro. Me gustaría decir que lo vi ahí, inmóvil en la acera de enfrente, mientras veía salir a su Beatriz, sin la menor intención de cruzar la calle, para cumplir un ritual que se habrá repetido días y días, tal vez en obediencia a un designio que rezaría: las mujeres, un rato y de lejitos.

Alguien lo habrá visto de niño atravesar una calle, y habrá oído frenar un coche súbitamente. Yo no estuve ahí para atestiguar el atropellamiento del pequeño Bonifaz, ni para comprobar la intensidad del golpe, la gravedad del accidente. No estuve ahí para enterarme, pero a través de los años creo escuchar un testimonio de aquel momento: “El golpe que se dio fue bastante duro, ese niño o se queda idiota o se vuelve un genio”. Y le atinó.

A mano

sábado, julio 10, 2010

He aquí dos hechos polémicos de índole mundial que no tienen nada en común, salvo la circunstancia en que sucedieron y el objeto de la controversia: una mano. México 1986. Argentina - Inglaterra. Segundo tiempo. Maradona anota el gol que dejaría a Inglaterra en cuartos de final. Con la mano. Sudáfrica 2010. Uruguay - Ghana. Segundo tiempo extra. Luis Suárez impide el gol que hubiera puesto a Ghana en la semifinal. Con la mano. El fútbol suele ocurrir en una cancha de cien por setenta. Para que la magia fluya son necesarios veintidós jugadores y un balón. Toda la voluntad congregada en ese espacio y momento apunta hacia un mismo y magno fin: el gol. Acaso aquel que corre los riesgos de la trasgresión en pos del gol tenga en su favor la libido del juego. Acaso no por azar se castigue con amarilla el fingimiento de una falta dentro del área chica y con roja la interrupción de una jugada manifiesta de gol.

Me duele un gol en todo el cuerpo

lunes, julio 05, 2010

Hace una semana soñábamos (me consta que éramos por lo menos dos) con ejecutar sendos plumíferos con un solo proyectil pétreo: ganarle la revancha a Argentina y alcanzar la tierra prometida del quinto partido. No se nos hizo. Lo que nos hicieron fue un gol en evidentísimo fuera de lugar que amedrentó nuestro natural aplomo (y a alguno le destempló los pies). Hace apenas una semana y ahora parece que faltan seis o siete eternidades para Brasil 2014. El Mundial debe continuar. Una generación de la humanidad estuvo así habilitada (si algunos no aprovecharon, allá ellos) para ser testigo del Uruguay-Ghana, partido intensito donde ocurrieron dos goles (que, por su manufactura [pedifactura], es posible que hayan ocurrido en un sueño) y dos ignominias. Presiento que algún mago ghanés ya habrá elaborado un conjuro definitivo para que Holanda juegue la final y para que Luis Suárez, el héroe maldito, no vuelva a pisar pasto mundialista. A Gyan y a Osorio bastaría con mandarlos tres años a la Antártica a registrar las costumbres sexuales de los pingüinos.

«« P'atrás

Poniente sur, apuntes personalísimos a manera de bitácora o íntimo diario o váyase a saber, es obra intelectual (las más veces no tanto) de Javier Pulido Luna. No se prohíbe ni se recomienda su reproducción total o parcial y ay de aquel que se atreva.